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martes, 12 de enero de 2016

Los faroles rotos

Los faroles, cuando se rompen, irradian cierta oscuridad. Dentro de dicha oscuridad producida en la ciudad se esconden  cosas poco convencionales para la iluminación céntrica. Borrachos y despechados, creyéndose poetas, recitando versos y cantando notas de tal manera que te sangren los oídos -esto, claro, luego de una buena jornada en el bar-; prostitutas y drogadictos envueltos en mantas de cinismo y alucinación; vagabundos que van de paso por las sombras de los focos fundidos; ratas con coronas, duendes montando perros y uno que otro monstruo que se refugia en las sombras con sus cámaras fotográficas o sus pinceles y libretas, esperando el orgasmo de una mujer para poder inmortalizarlo en papel.

    El mundo dentro de la oscuridad de los faroles rotos es intrigante, melancólico, desgarrante, y lo más importante, sólo unos cuantos lo pueden ver. Sólo aquellos, inmersos en aquella espesa oscuridad, o quienes se pierden del transporte público pueden mirar lo que hay dentro; ahí, dentro se alcanza a mirar el frío, el perfume de los perros callejeros, las notas podridas de algún trovador y el movimiento de las sábanas o cartones, que a su vez te obsequia la duda de lo que realmente hay bajo los mismos.

    Los faroles te invitan a la danza; a la coreografía de un caos que el turista nunca vio. La oscuridad de la ciudad que te llama y te escupe en el rostro el cínico aliento de la vida sobrellevada; y aún así puede seducirte... siempre puede.

   Ah claro. Una última cosa: La oscuridad de los faroles rotos es abrumadora y espesa... como la densa niebla que atrapa las almas y te quita los ojos; es una telaraña que atrapa sin descaro y te chupa hasta la última lágrima y el último suspiro. Es como el poema estúpido y sin sentido que aquél borracho no pudo recitar; como los vicios; como el amor o el desamor... es algo de lo que nunca escaparás. Así que ten cuidado y no te hundas en el fango; que tienes suficiente, ya, con el cruel lado iluminado.

    -Angel Garcia.

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