Los faroles, cuando se rompen, irradian cierta oscuridad. Dentro de dicha oscuridad producida en la ciudad se esconden cosas poco convencionales para la iluminación céntrica. Borrachos y despechados, creyéndose poetas, recitando versos y cantando notas de tal manera que te sangren los oídos -esto, claro, luego de una buena jornada en el bar-; prostitutas y drogadictos envueltos en mantas de cinismo y alucinación; vagabundos que van de paso por las sombras de los focos fundidos; ratas con coronas, duendes montando perros y uno que otro monstruo que se refugia en las sombras con sus cámaras fotográficas o sus pinceles y libretas, esperando el orgasmo de una mujer para poder inmortalizarlo en papel.
El mundo dentro de la oscuridad de los faroles rotos es intrigante, melancólico, desgarrante, y lo más importante, sólo unos cuantos lo pueden ver. Sólo aquellos, inmersos en aquella espesa oscuridad, o quienes se pierden del transporte público pueden mirar lo que hay dentro; ahí, dentro se alcanza a mirar el frío, el perfume de los perros callejeros, las notas podridas de algún trovador y el movimiento de las sábanas o cartones, que a su vez te obsequia la duda de lo que realmente hay bajo los mismos.
Los faroles te invitan a la danza; a la coreografía de un caos que el turista nunca vio. La oscuridad de la ciudad que te llama y te escupe en el rostro el cínico aliento de la vida sobrellevada; y aún así puede seducirte... siempre puede.
Ah claro. Una última cosa: La oscuridad de los faroles rotos es abrumadora y espesa... como la densa niebla que atrapa las almas y te quita los ojos; es una telaraña que atrapa sin descaro y te chupa hasta la última lágrima y el último suspiro. Es como el poema estúpido y sin sentido que aquél borracho no pudo recitar; como los vicios; como el amor o el desamor... es algo de lo que nunca escaparás. Así que ten cuidado y no te hundas en el fango; que tienes suficiente, ya, con el cruel lado iluminado.
-Angel Garcia.
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